LEONARDO PEREIRA MELÉNDEZ
FRENTE AL BOULEVARD ES LA COSA
(LETRAS, DERECHO, POLÍTICA)
EDITORIAL BERKANA
2004
A papá Chú y mamá Teresa, In Memórian .
A Jorge, Beatriz, Yorma, Daybo, Marisol, Luis, Raquelita, José Gregorio, mis hermanos en las buenas y en las malas.
A San Cristóbal, el pueblo de mis ancestros, pedazo de cielo, por ser mi pequeño Macondo.
Al Cerrito de la Cruz, donde habitan mis recuerdos.
“Si alguien me lee será por su propia cuenta y riesgo”
Clarice Lispector
(Un Soplo de Vida)
“¿Quieres conocer en qué consiste la tragedia de mi vida? Pues en que he puesto mi genio en mi vida; sólo mi talento lo he puesto en mis obras”
Oscar Wilde.-
Prólogo
–¡Es un provocador! –me dijo, casi al oído, un amigo, al tiempo que señalaba con la mirada a Leonardo.
Había escuchado mis palabras en el bautizo de su poemario Paloma de luto, y al recibir uno de los ejemplares se retiró del salón a leerlo, lo cual hizo de un solo tirón.
Le intrigaba comprobar si aquella poesía, ígnea e intimista, según dijéramos, contenía, en verdad, “imágenes desgarradas”, y era “tentación abrasadora, confesión escueta, lampiña; rubor flagrante”.
Aún medio abierto, el libro, recién desflorado, parecía morder con dientes de papel uno de los dedos que lo sostenían.
Tenía razón.
Miré a Leonardo. Él hablaba, cerca, con una pareja, y entonces me puse a pensar cómo es que podía habitar un alma espoleadora, atormentada, dentro de aquel cuerpo de aspecto tan calmo y llano.
Lo descubrí una semana después.
Con la culta mediación del Dr. Ramón Pérez Linárez, consumimos casi toda una noche entregados al fogoso repaso de autores –Poe, Quiroga, Kafka, Rulfo, Guerrero–, y pasando revista a una caótica sucesión de sentimientos, gustos y fobias, amores, alientos y caídas; en fin, a los entresijos de la vida que uno y otro dejamos detrás.
Supe, así, que el hablar de Leonardo está lleno de afonías casuales y de silencios premeditados, a modo de abigarrada galería en la cual se filtra más de un misterio, siempre a medio descifrar.
¿No fue Saramago quien nos advirtió que “en cada vida hay cielos e infiernos”?
En sus palabras, el odio –que desmiente al propio tiempo que desparrama soberbias maldiciones– parece agazaparse con la tibia sumisión del gato a los pies del comensal.
En sus ademanes, el rencor hacia quienes alguna vez lo han lastimado y traicionado, es apenas apagada referencia.
Sólo cuando escribe, y hace inventario de sus sentimientos, y se entrega al más solitario de los oficios, se proyecta él, de cuerpo entero, tal cual es, y revela, sin sujeciones, cada promontorio y cada hondura de su compleja alma.
“Soy un santo al que le gusta hacer el amor con diablas”, incita.
Sólo cuando narra, suelta, íntegras, las amarras de sus pasiones.
Erige en el papel monumentos de afecto con el mismo vigor y con la misma mano que demuele a fuerza de reparos los muros de todo lo que resulte –o se le antoje– absurdo.
De forma que la metamorfosis opera mediante la fragua del verbo escogido. Entonces el tímido Leonardo Pereira Meléndez se torna fiero y temible polemista.
¡Hasta se lamenta del antagonista que perdió, al reconciliarse con un ilustre colega suyo, el abogado Oscar Ferrer Carrasco!
Las páginas de Frente al bulevar es la cosa, a cuyo augural parto editorial hoy asistimos, son un lúcido ardor de desenfados.
Línea a línea, destila ansias y exaltaciones, alarmas y reproches, fatigas y perplejidades, olimpos y avernos.
Puntualmente, este libro es un nuevo ejercicio confesional. Es –ya lo corroborará usted– una pintura, una copia, al calco, de lo más hondo de los paisajes interiores del insomne espíritu de este joven y cultivado autor.
Particularizo, y pongo de relieve, su patente sed de justicia y de probidad. Las acequias de humanismo que corren frenéticas por sus venas, y tocan a cada instante las puertas de un corazón elevado. Asimismo, elogio el altar en el que rinde culto a la bondad, a la decencia, y al amor por el terruño.
Todo eso, al gusto y estilo de la terrible Oriana Fallace: en cada juicio deja jirones de su alma.
Digamos por último que él, en absoluto se molesta en procurar unanimidades, ni asentimientos livianos.
Leonardo acicatea hasta el agotamiento.
De entrada, se apoya en Lispector para advertir que la lectura de su obra es “a cuenta y riesgo” del interesado.
Que nadie reclame siniestros, pues.
No lo haré yo por haber tropezado con el punto en el cual jura no creer en revoluciones, dicho así, en genérico, metiéndolas todas en un mismo saco, para abrigar unas páginas más adelante alguna esperanza respecto a que un tirano preservador de un régimen de groseras impunidades, “limpie al país de corruptelas”.
–Es un provocador –me aquieta el recuerdo de la voz de aquel día.
José Ángel Ocanto
Barquisimeto, 2004
OSCAR FERRER CARRASCO
Es Oscar Ferrer Carrasco la amistad convertida en credo. Nadie puede decir lo contrario. En los acontecimientos diarios de la comarca, se le ha etiquetado de mujeriego, bebedor de caña y hombre de bien. Y ¿quien no queda vislumbrado en estas áridas tierras, quien no queda, digo, prendado de la belleza de la mujer torrense y no ahoga los fervores del calor ardiente con el manantial vital que venden en El Páramo y en La Chimpolera? También yo, de cuando en cuando, me doy mis escapadas. Pero en lo personal, de lo que nunca podrá decirse de Oscar Ferrer Carrasco, ni siquiera podría pensarse, que es un hombre falso. Tenerlo de amigo es un honor, y, tenerlo de enemigo, para cualquiera persona, es una honra. Como litigante jamás atropella a su contrincante con indignantes estrategias muy comunes en el abogado de hoy en día. Una expresión suya, y que yo he tomado para mí, en una conferencia dictada ha tiempo en los salones de la Sociedad de Ganaderos de Occidente, explica por sí sola, por qué el alma de ese abogado con voz de montaña silvestre, es aliento y sublime como las aguas del Morere: “Yo sólo soy un hombre de campo”. Esa es la palabra de un hombre que ha triunfado como productor agropecuario, que ha logrado establecerse como un gremialista a carta cabal, de condiciones envidiables; esa es la voz sincera de un hombre que ha sido y será siempre un excelente profesional del derecho, que ha conseguido sin proponérselo, en sus casi cuarenta años de graduando, desempeñarse en áreas distintas, ora como Magistrado, ora como Fiscal del Ministerio Público, ora como loable penalista, quien junto a los estimables Doctores Francisco Daniel Meléndez y Ángel González Lameda, ha más de una década, asumió en sus manos, los más sonados y valiosos casos del estado Lara; esa es la voz de un hombre que quiere ser recordado, simplemente, como “un hombre de campo”. Desde entonces y mucho más, desde los tiempos en que era el abogado de mi familia, he admirado al hombre honrado y trabajador perseverante y amante de la tierra que nos proporciona el fruto del diario vivir. El Colegio de Abogados de Carora existe porque, un joven recién graduado en leyes, en la Universidad de Carabobo, llamado “El Toro Ferrer”, logró reunir aun grupo de abogados caroreños, y pedirle nada menos que al Dr. Rafael Caldera que fuera padrino de la fundación de nuestro Colegio.
No conozco otro abogado que se haya preocupado tanto por nuestro colegio. Oscar Ferrer Carrasco tuvo el misticismo mágico de eternizarse en el pasado, presente y futuro de Carora. En todo el trayecto de su vida como hombre apegado a las buenas costumbres, está latente el padre amoroso, el hermano solidario, el hijo que desemboca toda su ternura en los brazos de su madre, el amigo fiel que no habla ni le desea mal a nadie. Cierto que es el caudillo que más ha perdurado. Pero el crisol del tiempo ha demostrado que el Dr. Oscar Ferrer Carrasco, es un hombre que quiere y ama con fervor inusitado estas tierras calurosas que no descansa en luchar por el engrandecimiento y el proceso de la ciudad, instituyéndose en un autentico ejemplo para la juventud que cree en los valores humanos. Un hombre equilibrado debe saber escoger a sus amigos y a sus enemigos. Cecilio Acosta, por ejemplo, polemizaba, únicamente, con Ildefonso Riera Aguinagalde.
Un hombre inteligente cultiva la tierra, convive con la naturaleza, acepta a Dios como el creador supremo, predica humildad, rinde honores al vino, como buen apóstol, y se rodea siempre de hermosas flores con piernas de gacela.
Quiero hacer una confesión, en esta pequeña nota: tengo pavor por el hombre abstemio. Un poeta, un escritor, o un abogado abstemio es pavosísimo. Por eso, nunca he dejado de leer a Whitman, Kierkegaard, a Orlando Araujo y Ludovico Silva, por decir lo menos.
Iba a decir que en el Dr. Oscar Ferrer Carrasco, se configura orgánica y espiritualmente la virtud y la gloria del hombre inteligente, pero me he desviado. Ha tiempo polemicé públicamente con el Dr. Oscar Ferrer Carrasco. Sendos regaños obtuve de mis amados padres. Menos mal que mi madre sabe que en ocasiones, al mejor estilo de Charles Baudelaire, “he sido víctima de crisis e impulsos tales, que nos autorizan a suponer la existencia de demonios maliciosos”.
Por eso es mejor decirlo de una vez: mucho me han hablado de Oscar, el Juez; Oscar, el Fiscal; Oscar, el educador (en sus años mozos impartió clases en el Liceo “Egidio Montesinos” de Carora); Oscar, el Ganadero; Oscar, el Abogado; Oscar, el Gremialista. Yo prefiero hablar de Oscar, el amigo; del enemigo que me hace falta (ahora ya no tengo con quién polemizar); del hombre que se siente orgulloso, de ser, como yo: un hombre de campo.
LA PRESUNCIÓN DE INOCENCIA Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL.
Así como no se concibe la existencia de un Estado de Derecho – y Estado Social – en un régimen que no sea democrático, no podemos inculpar a nadie de ser autor o copartícipe de un hecho punible sin las garantías básicas del proceso penal: juicio previo y debido proceso. Normalmente el debido proceso es pisoteado y conculcado las más de las veces por los operadores de la administración de justicia. Con pocas excepciones-- pero las hay-- existen jueces que cuando oyen hablar del debido proceso, hacen mutis y deslizan una “Instructiva” sonrisa. ¿Para qué sirve una Constitución?. Hablamos de enmiendas, de reformas, de hacer una nueva Constitución Nacional. ¿Para qué?. O como diría el Dr. Carmelo Borrego: “¿Qué sentido tiene una nueva Constitución?”. Esta garantía constitucional, la de ser considerado y tratado durante el proceso penal como inocente, es controvertida: para algunos no debe ser considerada como presunción, sino como un estado de inocencia. También la libertad de estar debidamente informado es una garantía constitucional, muchas veces tergiversada, por los propios comunicadores sociales, o medios comunicacionales. La libertad de información es, ciertamente, “un derecho de la sociedad en general como de los ciudadanos en particular, de estar bien y oportunamente informados” lo que no quiere decir que el periodista se erija como magistrado opinando sobre la inocencia o no del sindicado o procesado. Si el imputado es fotografiado sin su consentimiento expreso, no solo se viola la Constitución Nacional, sino que es expuesto al descrédito y odio público, haciéndosele aparecer como culpable cuando aún no ha ido ni siquiera a juicio. Cuando el fablistán actúa de esa manera, irresponsablemente, contribuye a crear “estereotipos criminales lo que conduce a que se presuma delincuente a todo detenido” .
El derecho a la vida privada, el derecho a la intimidad, no importa. “Lo que importa es lo que puede representar el hecho en cuestión al periodista, al periódico y a los funcionarios policiales, quienes con ello son los únicos que resultan beneficiados” .
Que la libertad de información y la libertad de expresión constituye un derecho humano, nadie lo pone en duda. Pero, ¿podríamos hablar de objetividad y de información veraz, cuando se condena anticipadamente, ante la opinión pública, a una persona, vulnerándose el derecho de presumírsele inocente hasta prueba en contrario, cuando el emisor no ha sido totalmente imparcial?.
En mi opinión el periodista tiene el deber de informar, pero sin constituirse en juez; tiene el deber de informar, pero con objetividad; sin manipular la verdad real, sin hacer alarde de un burdo despliegue publicitario que si bien influirá en el ánimo del magistrado a la hora de decidir; no contribuye en nada en la búsqueda de la verdad y el establecimiento de ella a través de pruebas lícitas, que es, en definitiva, el fin de todo proceso penal.
CORO: BELLEZA Y PLACER
Ni cuando subía al Cerrito de la Cruz, en mis tiempos de muchacho, a elevar papagayos, vi tanta belleza junta. Quien ha visitado Los Medanos de Coro percibe y entiende mi revelación nórdica e inequívoca. Una hermosa gacela cuyo nombre se escribe con sabor a mar me sugirió llevar vestimenta ligera. No sirvió de nada la recomendación. Mi manía de andar vestido como un “Dandy”, al mejor estilo de Oscar Wilde, ese gran genio cuya sociedad puritana y podrida de su época nunca le perdonó su talento, tempranamente, al sentir el sol falconiano, me trajo un presentimiento: ¡Dios existe!. Y aquí está la prueba: un cielo perlado opuesto a la fortaleza de la arena semoviente, me hizo recordar a Ludovico Silva, otro gran escritor, cuya sociedad venezolana, jamás le perdonó su sapiencia y don de gente: “...es inconcebible un poeta que no crea en Dios, en los ángeles y en los milagros”. Y yo, tenía a mi lado un ángel cuya misión era seducirme. Me llevó a conocer La Vela de Coro, en cuyo puerto, a orillas del mar bravío existe un monumento de Don Francisco de Miranda, Generalísimo como él sólo, o quizá, hasta que nuestro sabio revolucionario Hugo Chávez Frías, se le ocurra otorgarle a uno de sus adláteres, tan preciado e inmortalizado título. “¿Por qué lloras?” me preguntó un amigo que llevé conmigo para que me ayudara a manejar y así paliar éste maldito dolor lumbar que vengo padeciendo: “Si supiera Francisco de Miranda en qué han convertido su patria: ahora más que nunca lucharía por libertarla”, atiné a decirle, a mi amigo, quien, frunciendo el ceño –es chavista hasta los teque-teque – me dijo: “¡Qué vaina, tienes razón!”. Pero a mí, particularmente a mí me tenía enloquecido la exaltada humildad que tiene esa gente de Coro. “¿Quieres conocer “Paramito?” me preguntó el pequeño ángel que Dios me había mandado. Yo tenía en mente escribir un poema.
Pero como sentía la presencia de Dios me pareció un sacrilegio. Caminé por esas tierras calientes, donde el cactus y la lefaria me transportaban a mi Carora de siempre. “Aléjate de los demonios”, me aconsejó ese tierno ángel cuyas manos gesticulaban platónicamente.” No puedo”, le dije .“El diablo soy yo”. Conocí lugares exóticos que hicieron sentirme como uno de los personajes de la novela “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. “Yo ya no espanto. Oigo el aullido de los perros y dejo que aúllen” me pareció oír a Damiana Cisneros, mientras atravesaba el caluroso pueblo de Comala. Al tiempo que yo descubría la existencia de Dios en la mirada de mi ángel, seguro estaba—estoy-- que tengo ganado el infierno. En Coro mucha gente almuerza como héroes de batallas, y para más señas, degustan el mejor chivo asado que hay posiblemente en toda América Latina o Hispanohablante, como gústele llamar quien tenga vocación de historiador. Por primera vez no sé qué escribir ni cómo explicar tanto placer. Mis pecados son pocos. “¿Cuando vuelves?” Quiero decir: “Gracias” y un tal Rainer María Rilke me recuerda: “Todo ángel es terrible”
Nota Bene: Mi eterno agradecimiento a la familia Olivera- Palencia, en cuyo hogar se respira paz, amor y tranquilidad.
ENFOQUE JURÍDICO
Desde muy temprana edad, mi madre me enseñó a decir siempre la verdad, sin miedo y sin complejos de ninguna índole, a diferenciar al amigo verdadero del amigo apócrifo y fariseo. Por eso, no me tiembla el pulso para decir que muchos maniáticos aún no han comprendido el sentido histórico de la renovación. Particularmente me disgusta la hipocresía. Sobre todo las desventajas. Huyo de la polémica estéril. Me produce lástima ver a personas que antes estimaba y consideraba inteligentes, padecer de la mezquindad del hombre mediocre. Hoy en día cuando Venezuela atraviesa una crisis que desgarra el alma de nuestros libertadores, estamos obligados a permanecer más unidos que nunca. Apartar el egoísmo y la envidia manipulada en aras del beneficio colectivo, es decir: del bien común. Si la cultura - en este país- no tiene amigos, los hombres de espíritus trabajadores escasean, y, si bien somos un país donde abundan las contradicciones, a pesar de todo, surgen algunos hombres que merecen ser llamados para recordar a Don Chío Zubillaga Perera, “Próceres del Trabajo”. La desidia y la burocracia no desgana al hombre honesto, decente, humilde y luchador. Porque sueña con un mundo mejor. Lucha por un país mejor. Trabaja para una nación mejor. Leyendo “Reflexiones sobre la República” de Teódulo López Meléndez, necesariamente sentimos que “nadie quiere dar nada”, porque hemos sido egoístas con el país, exigimos pero no damos nada, y así vemos que “no quieren dar nada los gremios encerrados en una defensa a ultranza de sus asociados y sus intereses”, en una especie de obstinación crónica, tal vez sin percatarse que se le hace daño al país con esa actitud desenfrenadamente antisocial. Por eso, cuando la actual junta Directiva del Colegio de Abogados de Carora, presidida por los doctores Oscar Ferrer Carrasco, Emilio Betancourt y Jaimo Rodríguez, deciden celebrar el Vigésimo Quinto Aniversario de la Fundación de nuestro querido e ilustre Colegio de Abogados, y como quiera que se debe honrar en vida a los hombres que sirven desinteresadamente, con pulcritud y honestidad, que bien merecen el aplauso de sus colegas y ser motivo de imitación, debo decir para que se sepa, que un grupo de abogados preocupados por el acontecer del país, por el crecimiento de nuestro colegio y la unión de sus agremiados, encabezados por el Dr. Francisco Daniel Meléndez, que si bien la idea de publicar una revista surgió del viaje que hizo un grupo de colegas a la población de El Vigía, específicamente a la Delegación del Colegio de Abogados de esa localidad, cierto que fue él, quien propuso que el Colegio de Abogados de Carora, tuviera su propia revista. Sin embargo - es justo decirlo – la ardua tarea de llevar a cabo dicha acción, recayó en un selecto grupo de noveles abogados, presidido por quien esto escribe, totalmente desinteresados en obtener algunas prebendas personales, quienes trabajamos con el deseo de construir un mundo mejor. Y gracias a la colaboración de todos los miembros del Colegio de Abogados de Carora, aunada a la de algunos empresarios y comerciantes, que nos apoyaron, el día 11 de noviembre del presente año, nació para hacer historia, la Primera Revista del Colegio de Abogados de Carora, que lleva el pomposo título de “Enfoque Jurídico”. Realmente me hubiera gustado nombrar a todos los abogados y demás personalidades que intervinieron, de una u otra forma, en la magna producción de este órgano divulgativo, pero el tiempo y la emoción, no me lo permitieron. A causa de eso han pedido mi fusilamiento; no obstante, como el Gral. Manuel Piar no huyo, sino que abro mi camisa y digo, en voz alta y sin miedo: ¡Disparen! La historia, a la larga, será la que juzgue nuestros actos. “Enfoque Jurídico”, estará destinada a la difusión de los más recientes valores venezolanos en el campo de las ciencias jurídicas. En su primera edición “Enfoque Jurídico” sale a la palestra pública formada por varios trabajos, científicos, jurídicos y culturales, que indudablemente el lector sabrá apreciar. “Aproximación a la obra jurídica de Ambrosio Oropeza”, de Jesús Rolando Aponte Pinto; “Las Prestaciones Sociales”, de José Beltrán Vallejo; “El Ejercicio Profesional del Abogado y las nuevas disposiciones del Código de Procedimiento Civil en materia de Ética”, de Manuel H. Morales; “El Jornalero del Derecho”, de Francisco Daniel Meléndez; “El Programa de Estabilización y Recuperación Económica (PERE), alternativa para solucionar la crisis”, de Cruz Mario Ávila Alvarado; “Un llamado a la esperanza”, de Hermes Chávez Crespo; “Sobre la Dra. Nancy Perfetti de García”, de Leonardo Pereira Meléndez; “Tus Derechos”, de Iris Camacho Morales; “Notas sobre la historia del Colegio de Abogados del estado Lara”, de Francisco Cañizales Verde; “Chanita Colombo, uno de los amores de Bolívar”, de Noris Hernández; “Algunos aspectos relevantes en la Ley Orgánica del Trabajo, en relación a los procedimientos de estabilidad laboral”, de Tomás Suárez Gavidia; y, “¿Reforma del sistema de prestaciones?”, de Gustavo Márquez. Por eso, sin falsas modestias, decimos que si “Enfoque Jurídico” contribuye medianamente a la difusión del pensamiento jurídico, la misión del Colegio de Abogados de Carora, se dará por satisfecha.
LA CONFESIÓN COMO MEDIO DE PRUEBA EN EL COPP
A Nelson David Mujica
Como se sabe, en nuestro sistema procesal penal actual, la acción penal corresponde al ministerio público, o mejor dicho, pertenece al Estado, que la ejerce a través de la Vindicta Pública, tal y como lo afirma el Dr. Ramón Pérez Linárez* en su obra “Derecho Procesal Penal” 1 “Los fiscales la iniciarán de oficio y por consiguiente están obligados a ordenar y practicar toda clase de pruebas que lo lleven a esclarecer la verdad de lo ocurrido”. Cree el Dr. Pérez Linárez, que por tales razones , “en materia penal no existe carga de la prueba”, por que si el fiscal – acusador de buena fe- “puede suministrar elementos de inculpación”; el imputado o acusado también puede suministrarle al Juez “elementos que lo orienten al descubrimiento de la Verdad”. Si es una obligación del Estado aportar las pruebas que demuestren la inculpación o exculpación del imputado, no hay carga alguna. Pero, si lo vemos desde el punto de la responsabilidad que tiene el Estado con la sociedad en el sentido que ningún hecho delictuoso quede impune, ello es una carga para el Estado. Francesco Carnelutti tenía la percepción de que el medio de prueba no era sino la actividad del juez mediante la cual busca la verdad del hecho a probar, y la confesión como tal, era otrora el medio de prueba más importante para demostrar la verdad dentro del proceso penal. Cierto que nuestro Código Orgánico Procesal Penal no destaca la confesión como medio probatorio, pero “si dispone en una forma insistente las garantías y derechos del procesado”2 estableciéndose que el imputado tiene derecho de declarar cuantas veces lo desee, en cualquier fase del proceso, no sólo ante el ministerio público sino ante el Juez, ora el de Control, ora el de Juicio. La confesión tiene que ser plena, ya que, en el Derecho Procesal Penal Moderno, la idea de Indivisibilidad no es admisible.
La confesión es una prueba. Sin embargo, la doctrina ha determinado que sí el imputado admite el hecho punible para obtener algún beneficio, verbigracia, la suspensión condicional del proceso, y admite por ende, los hechos imputados, no es una confesión propiamente como tal, “porque en este caso el imputado busca la solución anticipada de un conflicto”3 teniendo interés en resolverlo, tanto el Estado como el imputado; por lo tanto, su declaración “no es para que en el fondo se le considere culpable, sino para obtener un régimen especial o el adelanto de una sentencia”4. En nuestra opinión la declaración del imputado admitiendo los hechos en forma libre y voluntaria sin coacción alguna, constituye una confesión, y así debe tomársele, sin olvidar que existen tratados y convenios internacionales sobre derechos humanos, que reconocen el derecho de defensa, y de gozar de un estado de inocencia. También, en dichos acuerdos internacionales se le reconoce al imputado el derecho que tiene de admitir que ha cometido un delito, bien sea como autor o copartícipe, y la posibilidad que tiene de buscar con ello una atenuación de la condena. No en balde, la Carta Fundamental señala que: “la confesión solamente será válida si fuere hecha sin coacción de ninguna naturaleza” (Art. 49, Ord. 5to CRBV). Luego, la declaración espontánea del imputado, aún admitiendo los hechos para lograr un beneficio, es una confesión. El imputado no está obligado a decir la verdad, ni a aportar información alguna. Nadie puede ni debe constreñirlo a declarar en su contra; si éste ha sido presionado, debe entenderse que su declaración no tiene validez. El objetivo del proceso penal no es provocar la confesión del imputado. Esto no significa en modo alguno que el imputado no tenga potestad de confesar. Si desea confesar su participación o autoría en el hecho que se le incrimina, puede hacerlo; pero esa voluntad, es, como lo afirma el Dr. Alberto M. Binder, “personalísima”, en otras palabras, “no puede ser inducida por el Estado de ningún modo”5. Si el imputado ha admitido los hechos, la realización del juicio oral es inútil. De acuerdo. Pero no siempre es conveniente prescindir del juicio oral, aun cuando el imputado haya admitido los hechos. Me explico: cuando el imputado no ha tenido una defensa técnica realmente, no ha contado con el asesoramiento legal adecuado, en situaciones como éstas, es recomendable que el Juez de Control desestime, rechace la admisión de los hechos, y ordene la apertura del juicios oral y público, pues, si bien desconoce la voluntad del imputado, un Juez estudioso, consciente, preocupado por redefinir los hechos investigados y reconstruir la verdad, aunque sea la “verdad forense”, debe recordar que a pesar de su confesión, “ese imputado sigue teniendo el derecho a un juicio previo, realizado con todas las garantías judiciales; y la sociedad, por su parte, necesita y reclama que la justicia se siga impartiendo a través de jueces independientes y de juicios públicos”.6 No podemos obviar que existen abogados rebuscadores de “casos” que por ganarse unas “cuatro lochas” le recomiendan a sus patrocinados “Admitir los Hechos”, y así no estudian ni analizan la causa que ha dado origen a tales imputaciones por el ministerio público. Hay múltiples razones por las cuales el imputado decide “confesar”. No voy a analizarlas. Ello quedará para otra oportunidad. Debo decir, sí, que muchas veces quien confiesa, declara o admite el hecho por el cual es juzgado, no es culpable. El Juez se limita siempre a aplicar el derecho, sin ejercer normalmente el poder penal, que la sociedad le ha concedido, para “Administrar justicia”.
LAS ESTRELLAS CONFINAN UN DRAMA
A Maritza Herrera, mi fiel secretaria.
La envidia mata más que el hambre. Por ello yo nunca he envidiado, envidio, ni envidiaré a nadie. Lástima que haya abogados – no todos – llenos de envidia carcomida que gruñen y se molestan cuando a los noveles abogados les llegan trabajo. Pero eso es harina de otro costal. ¿Cómo y qué escribir sobre libros que no se han leído? Preferiblemente, hablar sobre los que ya conocemos. Tarek Willians Saab, amigo personal de quien escribe, es un poeta revolucionario en todo el sentido de la palabra.
Desconozco si su amor por la “revolución” (entre comillas, porque nunca he creído en revoluciones) le viene de su vinculación amistosa nada menos que con Douglas Bravo, el General de los Guerrilleros. Tarek y yo nos conocimos en la Ilustre Universidad Santa María. Ambos estudiábamos la rama de Couture. Su libro Los ríos de la ira ganó Mención Especial en el Premio de Poesía de la Revista Ko’eyú Latinoamericano y Mención Especial en la III Bienal-Corpollanos. “Los ríos de la Ira”, poema cruel, sangriento, y, al mismo tiempo, romántico, se inicia con este verso tajante: “Hoy he dormido con el alto sol en la cama”. Más adelante Tarek demuestra que no hay poeta sin erotismo: “Tu me viste dormir por meses sin ropa, sediento”. Gustavo Pereira – prologuista - tiene la duda de si Tarek continuará siendo poeta. Pero yo pienso que su poesía vibrará por largos años en la Venezuela contemporánea. Juan José Saer llamó poderosamente mi atención. Pocos poetas lo han hecho. Es más novelista que poeta, y eso se deja entrever en El Arte de Narrar, libro bellamente escrito en una prosa lúcida y brillante, espiritual y humana, libro escrito por un hombre anticonvencionalista a quien no le tiembla el pulso para escribir: “Lo pasearán como a una puta decrépita, de país en país, siempre medio borracho, saliendo de su casa al mediodía, despertando al amanecer en alguna embajada, en algún prostíbulo, en la Nación; la certidumbre de su genio tendrá valor de cambio otra vez y bastará ponerlo frente a una hoja blanca, en medio de una orgía, para que salga uno de esos sonetos de cuyas raíces únicamente él tiene el secreto”. Juan José Saer se refiere a nadie menos que al gran autor de Azul y Prosa Profana, Don Rubén Darío, el Maestro y Padre del Modernismo. Todo hombre tiene imaginación. Pero sólo a algunos les es dado el privilegio de describir con palabras extrañas lo que han imaginado. Yo creo que estos son los rapsodas. Es más: creo que únicamente por esto lo son. La portada más bella que han visto mis ojos la tiene el poemario de Willians A. Hernández: Las estrellas confinan un drama, editado por Taller de Letras Senderos Literarios. El título de la portada-cuadro- lleva por nombre: “visión a un futuro incierto” de la pintora Belén María Requena Martínez. El panorama refleja la explosión de una bomba atómica, la destrucción casi total del género humano. El rostro de un hombre deformado y afectado por la radioactividad. Y lo más hermoso: una mujer desnuda, embarazada, viva, con ganas de seguir viviendo, que sobrelleva una triste realidad: la continuación de la raza humana, la misma que se destruye (destruimos o se destruirá algún día) gracias a la envidia, al odio, al egoísmo, que carcome al hombre por dentro. Influenciado sin duda alguna de la poesía de Vicente Huidobro (1893-1948). Su poema “Exprés”, leído por mí una madrugada en que me acostaba borracho, me hace pensar que “La calle espera por mí” y “Prisión sin nombre”, poemas salidos de la pluma romántica de W.A.H., tienen una severa influencia no sólo de Vicente Huidobro, sino también del cubano Nicolás Guillén. La prosa, campechana y presumida, dúctil y llana, supera en grado sumo el verso de Willians A. Hernández, caraqueño nacido el 15 de junio de 1963, conferencista a nivel de secundaria, padre de otros dos hijos: Mis versos de autonomía, sentimentales para mi pueblo (1981) y “El rondar sin rumbo (1984) dedica su libro “a todas aquellas personas a las cuales nunca le han dedicado ni siquiera un olvido”. Yo lo hubiera dedicado a los muertos de hambre.
HABLEMOS SOBRE GLADYS SEGOVIA GUERRA
(Nota: El presente artículo lo escribí hace algunos años , después de que el Ilustre Concejo Municipal de Torres despidiera con un lindo y merecido homenaje a la Lic. Gladys Segovia, entrañable amiga. Sin embargo, jamás fue publicado, hasta la presente fecha .Hoy lo público con profunda tristeza como gesto a la amistad que Gladys prodigó a mi familia.)
Cuando nos conocimos ambos tuvimos conceptos distintos sobre nuestras personalidades. Nos equivocamos. Empero, luego comprendimos que cada uno, por su lado, luchaba por el mismo ideal: construir un mundo mejor. El arte tiene múltiples facetas y Gladys supo que el erotismo y la poesía sexual forman parte del universo literario. Si no, que lo diga ese extraordinario escritor que es Blas Perozo Naveda: “La literatura es para hacer con ella lo que a uno le de la gana” y el periodismo no escapa a la belleza de la poesía. Quizás por ello nos es imposible escribir sobre Gladys - pequeña estrellita con voz de mariposa – sin ahondar no sólo en su personalidad espiritual, fuerte, luchadora, capaz de enfrentarse a cualquier obstáculo con tal de hacer valer la verdad. Nos es imposible escribir sobre Gladys, digo, sin recordar la límpida mirada de sus hermosos ojos.
Su amor por el profesionalismo bien logrado, por estas tierras que nunca la olvidarán, nos hace pensar—como diría Pablo Neruda Orinoco-- que la noche camina en el día sin zapatos, cayéndose en el suelo sin caballo ni sombra, en el orbe moreno de su lindo rostro. En el transcurso de estos seis años, Carora comenzó a quererla y a tenerla como hija adoptiva. Por ello la Municipalidad torrense le otorgó el 27 de junio – Día del Periodista - el Premio Municipal mención Comunicación Social, ratificando un vez más sus dotes de mujer culta e inteligente, abnegada madre, y eficiente trabajadora social. Sin duda alguna, de continuar Gladys con sus principios éticos, con sus ganas de seguir luchando por el bienestar larense, su nombre tiene ganado un puesto de honor en la Historia del Periodismo Larense.
Carora, a la larga, no olvida a quienes han luchado por su progreso y desarrollo. Reconoce sin mezquindades el trabajo de quienes han tenido como norma la honestidad y el buen comportamiento, por encima de la apatía, indiferencia y ociosidad. Nunca podrá decirse que Carora olvidó reconocerle a Gladys Segovia, su espíritu selecto y delicado, su insobornable conducta, pero sobre todo, su eficiente oficio de periodista.
Se inició en el diario El Impulso de Barquisimeto. Fue la primera corresponsal que el decano de la prensa occidental tuvo en su Ciudad natal. Mi Madrina, Doña Chincará Suárez, la recibió en el seno de su hogar, como a una más de sus hijas. Allí Gladys comienza a sentir el calor fraterno del caroreño. Asimismo, Carora, comienza a sentirla como hija suya. No pocas veces recibió el Premio Nacional “Diablo de Oro” de Carora, por su cordialidad y entendimiento en el área del periodismo. Han sido, ciertamente, muchos los agasajos y homenajes que esta hermosa fablistana ha recibido por su consecuencia y sincera simpatía. Ahora se va de Carora. Con la frente en alto y con las manos limpias , como suele decir mi madre, Doña Gregoria Meléndez. No obstante, Gladys, en su discurso de agradecimiento pronunciado en la Cámara Municipal, se encargó de decirnos que no se irá de Carora como lo hizo el Fraile Riera Aguinagalde, “Papá Poncho”, quien sacudió sus cotizas al abandonar a Carora, sino que , por el contrario, ella dejará las suyas en la entrada de Carora para cuando regrese a la tierra de los cabezones, vuelva a sentir por las tardes, el soleado aire caluroso que embarga poéticamente a propios y extraños. En estos momentos en que te despides de Carora, Gladys, se me viene a la memoria un verso de un querido amigo: “¿Cómo se escribe el deseo de irse?” Tarek Willians Saab nunca me lo dijo. Pero de todas formas, Gladys, permíteme expresarte nuevamente mis congratulaciones por tan merecido galardón, y recuerda que aquí en Carora, tienes un poeta – sí, no lo olvides – erótico, que es tu amigo.
POLÍTICA: LUJURIA SALVAJE
(A mi dilecto amigo, Javier Oropeza y a su padre Don Francisco Juan Oropeza, a quien profeso alto afecto)
Con una flexibilidad increíble, y por demás insólita, estamos percibiendo cómo el poder político se traga al Estado. En el año 1992, en una crónica volandera señalábamos que Venezuela no era más que un hato manejado por no más de cincuenta personas. Ahora, desde el pasado año 2002, esos mismo grupos económicos pretenden globalizar las competencias del Estado. Son los mismos grupos oligarcas que manipulan al pueblo con reflexiones apócrifas y pequeños ensayos superfluos.
Alimentan al pueblo con mentiras y a través de los medios de comunicación tergiversan la verdad. No nos atrevemos a convalidar y menos a estas alturas, comportamientos impetuosos, sicalípticos y éticos, que nos recuerdan nuestro origen animal. Pero ¿cuál fue el aspecto meritorio de los gobiernos suscitados del pacto político puntofijista?, ¿cuántos no vivieron del Estado sin aportar nada? Quienes hoy hablan de la desgracia ocurrida el 11 de abril del pretérito año y del paro-sabotaje, cuyos padres: Carlos Ortega, Carlos Fernández y Juan Fernández, algún día, tendrán que responder a la historia, olvidan los caídos bajo los regímenes de Betancourt, Carlos Andrés, Rafael Caldera y Jaime Lusinchi, sí, ese mismo, el que se atrevió a decir que “La banca internacional lo había engañado “. ¿Cuántos muertos no pesan sobre las espaldas de Carlos Andrés Pérez? Y nadie, que la historia recuerde, hizo vigilia para que dichos crímenes no quedaran, como en efecto quedaron: impunes. Nadie habla sobre los grandes créditos agropecuarios concedidos por Carlos Andrés Pérez y que la oligarquía nunca canceló. Esculcar la llaga del pasado no le conviene a quienes hoy pregonan la violencia. Ciertos grupos económicos han logrado, parcialmente, manipular la uniformidad familiar del pueblo venezolano. Se niegan a aceptar que perdieron el disfrute goloso de los privilegios que durante más de cuarenta años tuvieron a merced del pueblo. Por lo general para recordar a Teódulo López Meléndez: “Se necesita valor para afrontar las presiones de todo signo”, y mucho valor ha tenido el Presidente de la República, Hugo Rafael Chávez Frías, para afrontar las presiones de los poderosos grupos económicos oligarcas que pretenden seguir manejando al país como si éste fuera un simple hato familiar: No es conveniente retroceder, los dueños de los canales privados de televisión (no olvidemos que uno de ellos, Gustavo Cisneros, es íntimo amigo de Bush padre) han ensoberbecido al pueblo y no hay nada más peligroso que minimizar al pueblo. En el presente gobierno, ciertamente se han cometido desaciertos, pero comparados con los traspiés de los gobiernos pasados, representan tan solo un minúsculo granito de arena en comparación con el gran desierto de los cuarenta años del Puntofijismo.
CRÓNICA PATERNA
(Para mi hermosa prima, Dra. María del Carmen Álvarez Lucena, Magistrada de brillantes y valientes decisiones).
Cuando me preguntan el por qué – sobre todos mis mujeres – de ese brillo triste de mis ojos, suelo responder que es la fatal herencia de mis ancestros paternos. En la “Casa de Los Indios”, de Aregue, donde mis tíos Doña Elda Betancourt y Don Jesús María Álvarez, todos los octubres de todos los años, solían reunirse con sus raíces, y entre el humo del tabaco, el chimó y los cuentos de mi padre, Don Hipólito Álvarez, o Polito, como lo he llamado toda la vida, se rememoraba el pasado. En esa enorme casa de bahareque, matizada de sol, digo, hay un retrato grande de un viejo, de lúgubre mirada, cuyos ojos grandes y lagrimados están estigmatizados sus descendientes, de labios pequeños, de bigotes blancos y abundantes, de frente amplia, con grandes entradas que rayan en la calvicie. Ese señor blanco y elegante, es el papá de Don José Ramón Betancourt, el papá de Polito, luego estoy hablando de mi bisabuelo, Don José María Betancourt, de quien se dice era un hombre próspero, educado, de finos modales y muy enamoradizo. ( ¿Ves Moraima, te das cuenta? por ahí viene la vaina).
Cuando niño, Polito, mi padre, acostumbraba llevarme con él a visitar a su padre, Don Monche. Don Goyo Pineda, o Goyo, en el lenguaje familiar, también me llevaba a esa casa solariega, donde yo pasaba al solar a coger del suelo sabrosos almendrones. Muchos recuerdos tengo de mi pasado paterno: aún la imagen un poco borrosa, de mi abuela Doña María del Carmen Álvarez, la mamá de Polito, presente está en mi memoria. Tenía cinco años cuando ella murió. Mis tíos Don Juan Betancourt, Don Candelario Betancourt, siempre visitaban el hogar de mi amada madre, Doña Gregoria Urbana Meléndez Meléndez. Cuando nos mudamos de la Calle San José de la Guzmana a la Calle Concordia, mi tío Don Juan Betancourt, iba todas las mañanas a tomar café y a hablar de los muertos con mi papá Polito.
A mi tío Don Jesús María Álvarez, lo conocí tarde, ya muchacho, quizá debido a una pelea absurda que hubo entre él y mi viejo. Algunos nietos de Don Monche, y bisnietos de Don José María Betancourt, pariente cercano de Don Alejandro Meléndez, papá de Don Luis Beltrán Guerrero, hemos corrido con suerte: “Salió blanco y buenmozo como mi abuelo” le decía Doña Blanca Betancourt, mi tía , a mi madre, y yo, sin pararle, hasta que un día vi su retrato: “Es cierto. Me parezco a él”. Doña Francisca Álvarez, hermana de Polito, fue quizá la mejor amiga que tuvo mi madre. Otros, nacieron flojos, feos y borrachos. Para completar, yo, que soy hijo bastardo o natural, aunque a mi hermanita Raquelita Pereira de Lináres, no le gusta que yo lo diga, pues no llevo el apellido de mi Papá Polito, no sólo soy el más inteligente de los retoños que dejará Polito, sino que soy el más afortunado: ni le trabajo a él ni dependo de él como mis demás hermanos paternos y legitimados. Quizá por ser buenmozo como mi bisabuelo Don José María Betancourt, sería que el bolsa de mi hermano José Gregorio Álvarez Vásquez, me negara hace años delante de unos compañeritos, allá en el Grupo Escolar “Ramón Pompilio Oropeza”. “Tú no eres hermano mío”, me dijo en voz alta como sintiéndose orgulloso de ser un Álvarez-Betancourt. Y ese otro loquito, Andrés Eloy Álvarez Vásquez, por desgracia hermanito mío, no sólo se burlaba de mi mamá sino que intentó hacerme daño cuando yo era apenas un mocoso de siete años de edad. Ahora soy yo quien goza una bola. Vivo de mis locuras y de mis mujeres. Y para colmo la gente me llaman “Doctor”. Casi nada.
Hay mucho silencio prolongado en el Árbol de los Álvarez-Betancourt. Mi abuela Doña María del Carmen Alvarez era hija de Doña Felicia Antonia Álvarez Querales y de Don José María Rojas Avendaño; y nieta de Doña María Leonor Querales de Alvarez, mamá de Doña Felicia Antonia Alvarez. Al parecer los abuelos maternos de mi Papá Polito eran unos aguerridos coroneles de la guerrilla. Hay mucho silencio prolongado en el Árbol de los Alvarez-Betancourt. Para colmo soy yo quien más se parece a Polito. Un botón para la muestra: de todos mis hermanos paternos, con el que más o menos me entiendo – y a veces—y quizá hasta que mi Papá Polito esté vivo y frente a su negocio Depósito Coromoto, porque seguro estoy que cuando mi Papá Polito deje de existir, lo que viene es “candanga con burundanga” ; con el que más o menos me entiendo, digo, es con Hipólito José Álvarez, o Cheo, como le dice Raquelita mi hermana, o Cheíto, como le dice mi mamá Doña Gregoria Meléndez, quien era hija de Doña María Teresa Meléndez de Meléndez, y ésta a su vez, hija de Don Isaías Meléndez y de Doña Rosa Pereira, Mama Rosa, como la llamaba mi mamá, a quien le dicen Mama Goya, sobrina también de la niña Dominga Meléndez, por ser ésta hija de mis bisabuelos Don Isaías Meléndez y Doña Rosa Pereira, quien murió célibe y virgen; Doña Goya Meléndez, era hija también de Don Manuel Jesús Meléndez, hijo éste de Doña Candelaria Camacaro y de Don Antolino Meléndez, de manos ásperas y callosas por haber trabajado siempre la tierra; obrero analfabeta que aprendió a leer por sí solo después de los cuarenta y tantos años, hombre pulcro y honesto, el más honorable de esa gran familia que somos los Meléndez-Pereira Meléndez, que nunca abrigó en su interior maldad ni odio; de cabellos crespos, negruscos, blanquecinos, de surcos pronunciados en su rostro, de bigotes reducidos y recortados al mejor estilo de Pedro Infante, de labios gruesos y grandes, como los de mi hijo Leonardo de Jesús Pereira, a quien vi llorar en dos oportunidades: cuando mi abuela Doña María Teresa Meléndez de Meléndez, cuyos ojos tiernos y burlones los heredó mi princesa Gregoria Urbana Pereira, estuvo enferma y apunto de morir; y, finalmente, cuando pocos antes de irme a Caracas, a continuar mis estudios de Derecho, se despidió de mí porque sabía que al regresar de nuevo a Carora, ya no lo iba a encontrar. Por eso, me siento orgulloso de mis ancestros maternos. Pero también me siento, en el fondo, muy orgulloso de pertenecer a la estirpe de Don José María Betancourt, de donde salió la alcurnia de Don Jesús María Álvarez, noble y caritativa alma, que nunca le hizo ni pensó hacerle daño a nadie, quien murió ha poco para dejar más sólo a mi Papá Polito, a quien le queda tan solo, su hermana, Doña Elda Betancourt, para seguir peleando, amándose uno al otro, como dos niños correteando por las playas de la Cruz Verde, donde canta el turpial, bajo la sombra del cotoperí.
PÁGINAS EN BLANCO
(A mi hermana Daybo Chiquinquirá Pereira Meléndez)
“La lista negra de quienes me han traicionado, la sustituyo por la lista dorada de quienes han sabido hacer honor a la amistad”
Mario Briceño Iragorry
(1897 – 1958)
Desde el 4 de enero del año que transcurre, estoy privado de mi libertad. Este año ha sido, más que nostálgico; trágico, para mi pesar: apenas desaparecía el frío decembrino, fallece, en mala hora, mi muy caro amigo: Ángel González Lameda, nuestro inigualable “Chichí”. Ha poco en la población del Callao, Ciudad Bolívar, de forma abrupta e inesperada, dejó de latir el noble corazón, para siempre y para reencontrarse en los umbrales del cielo, con su esposo, fallecido, también a principio de año, ese palo de mujer, que en vida se llamó: Sonia Morón, de quien guardo gratos e imborrables momentos, compartidos desde cuando yo era un chavalo de siete años de edad. Sí, estoy triste ¿para qué ocultarlo? Estuve en el velorio de “Chichí”. Me dolió su partida. Como me ha dolido no haber podido estar presente en el sepelio de Sonia. Ese día, en la oscuridad de mi celda, oré no sólo por su alma, sino para que Dios secara las lágrimas de sus bienamados padres: Don Ítalo Morón y Doña Teresa de Morón. Quien me ha conocido, sabe lo que siento actualmente. Sabe que a pesar del daño que me han hecho padecer, soy ajeno a rencores. Ha poco fue presentado, simultáneamente, en la ciudad de Caracas y Maracay, mi último libro publicado por la Editorial Latinoamérica Berkara, cuyo título nada tiene que ver con mi profesión: “Corte de Apelaciones”. Me cuentan que éste sábado será bautizado en la sede del Ateneo “Guillermo Morón” de Carora. En ese libro, encontrará el lector, algunos trabajos acerca de personas que no sólo traicionaron mi amistad, sino que han logrado que comprenda la impotencia, la nostalgia, que sintió el nunca olvidado patriota Don Juan Vicente González, cuando éste es visitado en su celda, por el General José Antonio Páez, al pronunciar, con dolor, posiblemente, la siguiente sentencia: “Insensato, has destruido la leyenda que te inventó mi cariño”. Pero no me arrepiento de nada. No hay razón para discutir con mi “alter ego”. Aunque dudo que en lo adelante logre que yo comulgue con su anárquica y torpe ideología. De una manera u otra, el pus que fermenta la llaga de mi espíritu, no dejará de recordarme las voces, la careta que lleva puesta la falsa amistad.
Soy víctima de una cruel maniobra, con la que han pretendido callarme. Pierden el tiempo. Cuando veo el rostro demacrado de mi madre, saco fuerzas desde donde ya no tengo, para decirle que no se preocupe, que mientras existan amaneceres, habrá esperanza. Esperanza de construir un mundo mejor, donde reinen la paz y la equidad, donde el hombre no sea mancillado por la mentira, y la justicia no sea manipulada por quienes detentan un poder transitorio. Me han privado de mi libertad. Sé que estoy en desventaja. Llevo seis meses preso. Seis meses entre rejas. Seis meses envenenándome el alma con los libros que me traen, de cuando en cuando, Juandemaro Querales y Chanita Colombo. Seis meses soportando los más infames vejámenes y humillaciones. Pero no voy a claudicar, ni arrodillarme ante nadie; de ello pueden estar seguro.
EL HUMANISMO DE RAMÓN PÉREZ LINÁREZ
Abogado, especialista en Ciencias Penales y Criminológicas, tiene la particularidad de ser educador, ensayista, escultor de la palabra hablada, y se comenta a menudo, que también es poeta. Eso es cierto. Cabe testimoniar aquí, que nunca ha utilizado su inteligencia para hacerle mal a nadie, virtud inusual en el abogado de hoy en día. Gremialista, las iniciativas por él comenzadas, bajo la Presidencia del Colegio de Abogados del Estado Lara, han dado sus frutos, y estos han sido aprovechados a cabalidad. Jurista, pocos como él merecen ser calificados de esa manera. No en balde allí está su obra escrita, dispersa en revistas y libros especializados, cuyo pecado ha sido no haberla recogido aún en forma de libro, los cuales abarcarán gruesos volúmenes. Son muchos los abogados notables nacidos en estas crepusculares tierras larenses: Ambrosio Oropeza, Juan Carmona, José María Domínguez Escobar, Gustavo Adolfo Anzola, Antonio Cadenas, José Luis Machado, José Rafael Mendoza, Oscar Ferrer Carrasco, Ángel González Lameda, Gustavo Mendoza, por caso, quienes al igual que Ramón Pérez Línarez enorgullecen la patria chica, cuyos aportes a la doctrina y jurisprudencia enorgullecen a la patria grande. Hombre honesto y probo, nunca ha comercializado sus ideas, cualidad que le ha ganado respeto y también no pocos amigos. En la vida y en el mundo hay de todo. Por eso los envidiosos, inútilmente, lo han atacado, para alcanzar con justicia, esa verdad inocultable que, sólo al árbol que da fruto se le tira piedras.
Profesor universitario, deseo recordar a Luis Beltrán Guerrero, quien decía que “la misión fundamental del humanismo es formar hombres”, para que estos le sirvan a la humanidad. Humanismo significa forjar hombres libres para la transformación de la patria. Conozco a Ramón Pérez Linárez, y puedo dar fe que es un hombre de pensamiento elevado, ajeno de mezquindades, y de alma firme. Podría decirse que cumple el trílogo jurídico y moral romano: Honeste vivere, alterum sion loedere, suum cuique Tribuere: vivir honestamente, no hace daño a nadie, dar a cada quien lo suyo.
Litigante de fuste, una vez librada la batalla en las tribunas jurídicas, la caballerosidad del letrado se impone. No se amilana en la derrota, ni guarda viejos resabios en su noble corazón. Tampoco se ensoberbece ante la victoria. Nunca ha pretendido ser superior a los demás, ni caer en el terreno de la adulancia. De allí su grandeza y mi admiración. Con una intuición perfecta de los nuevos tiempos, y con una visión universal, el Dr. Ramón Pérez Linárez, conjuntamente con el Dr. Jorge L. Rosell Senhenn, desde hace un poco más de dos lustros, comenzó a predicar la necesaria reforma de nuestro sistema procesal penal.
Su amor por el Derecho se materializa en sus actuaciones diarias. Como hombre público, íntegro y pulcro, evita la fatuidad, demostrando con ello ser un hombre de carácter recio, lo cual no desmedra en forma alguna su bondad.
Catedrático innovador, excelente tribuno, insigne Magistrado sin bozal de miedo, cristiano celoso de la vida de Jesús, ha conseguido, ser útil para la vida que vivimos, ideal supremo según el apotegma de nuestro Libertador Don Simón Bolívar. No puedo evitar pensar que, sin duda este hombre de leyes, que es para lustre y brillo de Venezuela, el Dr. Ramón Pérez Linárez, merecía haber nacido en Carora, para ser llamado con dignidad “hijo benemérito de la Patria”.
LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y LIBERTAD DE PRENSA
(A mis amigos Luis Pernalete Mendoza y Joel Suárez)
Convenimos en que no existe un Estado de Derecho puro sin la presencia de una libertad de expresión no cohesionada, y sin la existencia de una libertad de prensa no maniatada por los tentáculos del poder; convenimos también en que la libertad de expresión es un derecho fundamental del hombre, incluso inherente a su propia naturaleza. Lo que no puedo compartir ni permitir es que detrás de esa libertad de expresión, muchas veces, mal entendida o interpretada, se esconda una conducta delictual, que más de las veces raya en el cinismo cultural. Para que todos seamos libres, la libertad tiene que ser restringida (Jean – Jacques Rousseau). El absolutismo nunca ha existido, y a quienes lo han pretendido, tergiversando la realidad, el gran genio americano, Generalísimo Francisco de Miranda, les recuerda: “Bochinche, bochinche, esto no es más que bochinche”. Que toda la gente tiene derecho de estar informada, nadie lo pone en duda. El límite a la libertad de expresión lo expresa el constituyente al establecer que: “Toda persona tiene derecho a expresar libremente sus pensamientos, sus ideas u opiniones de viva voz, por escrito o mediante cualquiera otra forma de expresión (...) quien haga uso de ese derecho asume plena responsabilidad por todo lo expresado” (Art. 57 CNRBV). El periodista no está obligado a verificar si el hecho noticioso es falso o cierto, ni buscar sus fuentes, ya que no “puede exigirse que antes de transmitir la noticia, ella deba ser confirmada o verificada, para determinarse su veracidad, puesto que tal situación sería una especie de censura sutilmente impuesta, que no se corresponde con los esenciales lineamientos de la libertad de expresión”1, sin embargo, si lo divulgado por el fablistán vulnera el derecho a la intimidad, a la vida privada, o coloca al desprecio o escarnio público, soy partidario que debe responder por ello. Debe estar claro el emisor de sus responsabilidades. Que éste haya sido sorprendido en su buena fe; que haya sido objeto de un engaño o de una pequeña travesura; en principio estos supuestos debe demostrarlo por medios lícitos y hacer pública su equivocación, aunque el daño muchas veces es irreparable. La dignidad como libertad de expresión es un derecho inherente al hombre. ¿Cuál tiene mayor jerarquía? Depende de la óptica con la cual se estudie. Particularmente, a mi modo de ver, yo me inclino por la dignidad de la persona. Se atenta contra la dignidad cuando se difama por placer. Más aún: cuando priva el interés político o protagónico sobre la realidad real no virtual: Algunos reputados autores han sostenido que “los periódicos son empresas comerciales sui géneris, que viven de la noticia, del reclamo mercantil y que, en su objeto, especulan con un criterio, deformado casi siempre, de la denominada opinión pública”2, razón por lo cual, el sensacionalismo ha sido no pocas veces considerado comedero de estiércol o lo que el común denominador llama periodismo amarillo, no por lo viejo sino por lo escandaloso. Hay periodistas serios* pero también los hay irresponsables, de poca altura intelectual, que para llamar la atención pública, falsean no sólo la verdad sino que no les importa que luego un tribunal absuelva de toda culpa a quien fue tratado como un vulgar delincuente.
La reputación, el honor de esa persona, por ejemplo, no se borra con un simple perdón. Con una simple disculpa pública. Entiendo que el público está ávido de información, pero cuando el periodista interfiere en la investigación considero que no informa a la colectividad debidamente, todo lo contrario, desinforma y juega con la conciencia de la sociedad. La crónica literaria es muy distinta a la crónica de opinión. En una, existe magia e imaginación; en la otra- La de Opinión -existe o al menos debe presumirse la búsqueda de la verdad como colorario del bien común.
FRENTE AL BOULEVARD ES LA COSA
A E. N. M. S. sólo Dios, las palomas que revoletean por los alrededores del Edificio El Nacional de Barquisimeto, y ella, saben por qué...
Los recuerdos golpean la memoria. Veo un niño construyendo muñecos de barro, cabalgando en corceles de madera, y carrereando, a pleno sol, en el solar de la Calle José, lagartijas y azulejos. Lo veo llamando “Pan Salao” al loco que vivía al lado de su casa, en cuyo solar, a esos de las siete de la mañana, según cuentan, Doña Goya, me trajo al mundo, atendida por una comadrona y nada menos que por Don Chegoyo Hernández. Los recuerdos golpean la memoria. Veo a un niño jugando béisbol con pelotas de trapo. Jugando a escondidas con sus dos hermanos mayores: Jorge y Luis. Lo veo vendiendo dupletas con una de sus hermanas mayores: Marisol. Hacen rifas y salen tarde, a esos de las seis, cuando el sol, ya cansado, se va de siesta, a vender empanadas y camburitos. Lo veo diciéndole a su hermanita, Raquelita, que meta el lápiz dentro del enchufe que queda dentro del cuarto de su otra hermana: Daybo. Se ríe a carcajadas, hasta que aparece “Mama Goya”, y le suelta sendos coscorrones. Se va al solar, y guinda una iguana viva que ha traído a casa su hermano Luis, para que Doña Golla la mate, la sancoche y haga guiso para las empanadas del día siguiente; guinda una iguana, digo, y comienza a tirarle piedras. De pronto veo al niño hecho hombre, bailando raspacanilla en los bulevares que se hacen frente al Concejo Municipal, tomando anís cartujo, y puliendo la hebilla, al mejor estilo de “Rafa y sus Diamantes”. Visita el “Yatay” y lo sacan de la mano por ser menor de edad. Tiene una novia en cada esquina. Y a cada una le escribe un poema. Los recuerdos golpean la memoria. Veo un niño que sube al Cerrito de la Cruz a elevar papagayos. Lo veo que juega metras y trompos, y lo veo cayéndose a trompadas cuando se acerca alguien y dice: “Manos limpias”. Lo veo hecho un hombre. Se entusiasma con la poesía de Pablo Neruda. Escribe, se putea, se emborracha y duerme en muchas camas ajenas. De pronto lo veo tras la rejas. Preso. Lo veo agarrado, masturbándose con la palabra. Conoce el bien y el mal. Los recuerdos golpean la memoria. Escribe un librito: “Cambio de garita”. Busca un abogado de Barquisimeto, y a través de él, ejerce su profesión de abogado para mantener a su familia. Él hace los escritos, estudia y analiza los casos. Pero es otro abogado quien suscribe los escritos que él hace en una vieja máquina de escribir. Logra sacar en libertad a 11 personas. Los recuerdos golpean la memoria. Se percata que un detenido desea mandar a matar a un fiscal del Ministerio Público. Se da cuenta que es uno de los dos fiscales que se ensañaron contra él y su familia. No puede dormir tranquilo. Por las noches recuerda los consejos de su madre y las enseñanzas de su abuelo Papa Chú. Habla con el detenido, lo convence y logra salvar la vida de quien se encarnizó contra él y su familia. Tiempo más tarde, ese detenido, saldrá en libertad y a los pocos meses es asesinado. Nunca ese triste fiscal supo o llegó a enterarse que “El Pelón”, “El hijo de Doña Goya” le salvó la vida. Los recuerdos golpean la memoria. Veo un niño acompañado de otros tres niños: Leonardo de Jesús, José Leonardo y Gregoria Urbana, juegan a ser Papá e hijos. Veo que los cuatros suben al Cerrito de la Cruz, a tomar refrescos, comer golosinas y tirarle piedras a los cujíes secos y hambrientos de rebeldía nerudiana. Cuidado, ahí viene “Pan Salao”, bravo, muy bravo, con un palo en la mano. “Pan Salao”, “Pan Salao”. Tranquen esa puerta. “Sí, sí mamá”, pero no fui yo. Pero, hijo, Raquel está en Caracas. Y yo, aquí, mamá, contigo, celebrando mis treinta y seis años.
MUMIA ABU-JAMAL O LA LIBERTAD CONVERTIDA EN HOMBRE
(A Heidi Albarrán Lináres, cuyos ojos negros impregnaron de rocío mi alma)
Nadie recuerda a los carceleros de Don Miguel de Cervantes Saavedra, autor nada menos de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”; nadie recuerda a los carceleros de Henri Charriére, famoso francés, autor de “Papillón”; como tampoco nadie recuerda a los carceleros de ese gran genio de la literatura, probablemente el más grande escritor de todos los tiempos, con excepción de Johann Wolfgang Goethe, recordado por su monumental obra: “The picture of Dorian Gray” o lo que es lo mismo: “El retrato de Dorian Gray”. No hay duda alguna, que en éste siglo ni en los venideros, nadie recordará al Juez que el 3 de julio de 1982, dejándose arrastrar por la mentira y el poder político estadounidense, condenara a pena de muerte a Wesley Cook, mejor conocido como Mumia Abu-Jamal, periodista y bizarro defensor de los derechos de los negros, preso por un sistema judicial racista, por un sistema judicial dizque el más objetivo e imparcial del orbe. Los tentáculos del poder político menoscaban los brazos de la diosa de la justicia. En un dictamen de 272 páginas, el juez federal de distrito William Yohn revocó la pena de muerte impuesta hace casi dos décadas al autor de “Desde la galería de la muerte”, y de “Brota la Vida” libro exquisito, una “obra intemporal” (Julia Wright) que nada tiene que envidiarle a la “Balada de la cárcel de Reading” de Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde. El pasado 19 de diciembre en las páginas internacionales de El Impulso de Barquisimeto, leí la grata noticia que hoy motiva estas líneas. Muchos mártires han sido ajusticiados en nombre de la libertad. En nombre de una ignominiosa justicia. El país que uno supone respeta los valores, derechos humanos, ha prohibido que Mumia Abu-Jamal pueda abrazar a sus hijos. Desde 1.995 en la prisión de máxima seguridad – SCI Green – de Pensilvania, en una celda más pequeña que un baño, permanece tras los muros y barrotes el preso más famoso del mundo. Este hombre subsiste encerrado 23 horas del día, sin ver luz alguna, sin comunicarse con nadie a su alrededor. Le dan sólo una hora de patio. (El “patio” es una pequeña habitación, donde no se cuela el más mínimo rayito de luz solar, y donde ningún convicto puede comunicarse, hablar con otro so pena de un severo “castigo”).
El 27 de octubre de 1985 recibí una carta enviada desde el Internado Judicial de Barquisimeto, la cual en uno de sus extractos expresa una verdad, que años más tarde me tocó vivir en carne propia: “Considero que un abogado no será nunca un defensor consciente hasta que no hiciese una pasantía permanente de no menos de cinco años encarcelado, como el Juez no será nunca un sentenciador honesto si no hubiese hecho una pasantía de diez años encarcelado.1 Cuando me desempeñé como Fiscal del Ministerio Público en la ciudad de Barquisimeto, muchas veces encontré sobre mi escritorio, acusaciones ya realizadas por mis secretarios y asistentes; iba a juicio, y lograba la “Victoria”. Nunca pensé si a quienes yo acusaba eran o no inocentes. Me dejé llevar por el sistema. Hasta que hube de atravesar una vil maniobra judicial tramada por quienes consideraba mis compañeros y amigos: permanecí tras los muros dieciocho meses. Allí aprendí el verdadero significado de la justicia y de la libertad. “¿A cuántos inoc